domingo, 30 de marzo de 2014

EN ESTA NOCHE EN ESTE MUNDO por Alejandra Pizarnik

[Hablando de Alejandra Pizarnik, el diálogo entre creación y destrucción, coherencia y diversidad contradictoria, se resuelve en una biografía llena de serios equívocos. Consta en el registro que su natalicio fue el 29 de abril de 1936. Su raigambre es ruso-judía, y ésa es la identidad que defienden sus padres, llegados a la Argentina tras haber permanecido algún tiempo en París, donde vive un hermano del cabeza de familia, Elías Pozharnik. Ya habrá notado el lector una variante en la ortografía del apellido, un hecho atribuible, según la versión de César Aira, a «uno de los muy corrientes errores de registro de los funcionarios de inmigración. Tenía veintisiete años, y no hablaba una palabra de castellano, lo que era el caso asimismo de su esposa, un año menor, Rejzla Bromiker, cuyo nombre pasó a ser Rosa» (Alejandra Pizarnik, Barcelona, Ediciones Omega, col. Vidas literarias, 2001, p. 9). Con los Pizarnik instalados en la capital argentina, el árbol genealógico acoge a dos niñas: Myriam y Flora, más tarde llamada Alejandra. El clan ocupa una espaciosa vivienda en Avellaneda, mantenida gracias al negocio de venta de joyería al que se dedica Elías. El destierro, por doloroso que parezca, es en este caso providencial, pues el resto de los Pozharnik y Bromiker, «con excepción del hermano del padre en París, y la hermana de la madre en Avellaneda, pereció en el Holocausto, lo que para la niña debió de significar un contacto temprano con los efectos de la muerte» (César Aira, op. cit., p. 10).

La experiencia infantil de Alejandra es bastante liberal, de acuerdo con el criterio de su progenitor. En 1954 concluye los estudios secundarios y comienza un periodo de titubeo académico. A medio camino entre las aulas de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y las de la Escuela de Periodismo, la joven procura descubrir una vocación literaria que le anima a seguir el catedrático de Literatura Moderna, Juan Jacobo Bajarlía. Ya por estas fechas, «la fascinación de la infancia perdida —escribe Enrique Molina— se convierte en ella, por una oscura mutación que cambia los signos, en la fascinación de la muerte, igualmente deslumbradora una y otra, igualmente plenas de vértigo» («La hija del insomnio», Cuadernos Hispanoamericanos, sup. Los complementarios, n.º 5, mayo de 1990, p. 5). Ahora sabemos qué la condujo al taller del pintor surrealista Batlle Planas. Por algo recuerda Aira que los cuadros de Batlle reproducen escenas espectrales, «con algo de Tanguy y algo de Arp o Miró. El interés de la poeta en este tipo de pintura deriva evidentemente de su figuración metafórica; sólo admitió una desviación hacia la pintura llamada naïf, que fue una escuela floreciente en la Argentina en ese entonces» (César Aira, op. cit., p. 11). Con todo, más allá de estas sutilezas, Alejandra juega a convertirse en reportera, y llega a asistir al Festival de Cine de Mar del Plata de 1955. Pero la experiencia periodística queda apartada en beneficio de otras inquietudes.

Como expresión de esa fragilidad a la que haremos alusión en más de un párrafo, el asma y la tartamudez son irrefutables. En vista de semejante aprisionamiento somático, don Elías cuida a su hija: costea su primer libro, La última inocencia (1956), e incluso llega a abonar los honorarios del psicoanalista que intentará poner en orden el desván sentimental de Alejandra. De hecho, ni la pintura ni la poesía bastan como terapia, y ella experimenta el breve y peligroso fenómeno psicodélico de las anfetaminas. También cura el dolor con analgésicos y frecuenta los somníferos para escapar de la vigilia nocturna.

Con todos los rasgos de la bohemia juvenil podría hacerse una suerte de patrón de conducta, relativamente fiel a la personalidad de Pizarnik, salvo en un detalle nada desdeñable, y es que ella «tuvo una invencible aversión a la política, que justificaba con el hecho de que su familia en Europa hubiera sido sucesivamente aniquilada por el fascismo y el estalinismo. (…) Para ella, la literatura tenía un único compromiso con la calidad» (César Aira, op. cit., p. 17). Así, pues, la vida literaria es una empresa que ella acomete con máximo interés. Entre los primeros tejados bajo los que se guarece, figura la revista Poesía Buenos Aires (1950-1960), foco del grupo de los llamados invencionistas, paralelo a otro, el surrealista, cuyas inquietudes también son las propias de la joven poetisa. Curiosamente, la autora de Las aventuras perdidas (1958) frecuenta la consulta del psicoanálisis aun cuando André Breton recuerda «a los jóvenes y a las almas novelescas que, porque este invierno está de moda el psicoanálisis, necesitan figurarse como una de las más prósperas agencias del charlatanismo moderno, la consulta del doctor Freud, con aparatos para transformar los conejos en sombreros» («Entrevista con el profesor Freud», Los pasos perdidos, traducción de Miguel Veyrat, Madrid, Alianza Editorial, 1998, p. 89). ¿Contradicción? Más bien al contrario: coincidencia de freudianos y surrealistas en el vórtice del subconsciente.

No obstante, precisemos. Dentro del panorama surrealista, hay dos poetas que coinciden con Alejandra: Enrique Molina y Olga Orozco. Con esta última, por cierto, «tendría una relación que excedió la literatura» (César Aira, op. cit., pp. 21-22). Casi en paralelo, la joven accede en 1955 a las creaciones de Antonio Porchia, un poeta «fundamental en la creación del estilo y el procedimiento de Pizarnik. No fue la única que sacó enseñanzas de su obra: el otro fue Roberto Juarroz, y es instructivo hacer un paralelo entre ambos discípulos» (Ídem, p. 25). Al reseñar la correspondencia que mantuvo nuestra poeta con el escritor y pintor manchego Antonio Beneyto (Dos letras, edición de Carlota Caulfield, Barcelona, March Editor, 2003), Blas Matamoro intuye que, para ella, «los poemas son aproximaciones a la Poesía. No son obras ni textos, sino intentos, borradores, ensayos». Con todo, a través de ese tanteo cabe establecer un inventario de cualidades personales: «ser hija y habitante de la noche, esa madre antigua y regia; buscar con afán la recuperación de los olvidos infantiles; cultivar sin confusión el laberinto de una compleja identidad, centrada en deseos nítidos; existir en una soledad sin fondo y sin horror; practicar una estética de la locura (Artaud, Lautréamont) como defensa contra la locura» («Alejandra de cerca», Blanco y Negro Cultural, suplemento del diario ABC, 12 de julio de 2003, p. 21).

En esa lucha contra la entropía, Alejandra Pizarnik ensaya diversas estrategias. Una de ellas es el destierro, puesto en práctica en París desde 1960 hasta a 1964. Pero ni siquiera ese nuevo extrañamiento relaja su íntima tensión. «En el fondo —escribe el 25 de julio de 1965— yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción. Y además me recuerda esa condena. Y además me recuerda que no puedo «hincar el diente» en lo concreto. Si pudiera hacer orden en mis papeles algo se salvaría. Y en mis lecturas y en mis miserables escritos» («Diarios 1960-1968», Frank Graziano, introducción y compilación, Alejandra Pizarnik. Semblanza, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 271). Ya se ve: el ensimismamiento hermético y la muerte son los dos puertos que la esperan. Otra empresa posible es el silencio, que se presenta de dos maneras en su obra. «La primera —temible y peligrosa para la palabra poética, aún en antítesis con ella— corresponde a la incapacidad de enunciación. (…) La otra —atracción y fuerza de la palabra poética— simboliza un mundo auténtico, intacto y perdido, y confina con la poesía misma, además de ser el componente necesario de la resonancia propia del lenguaje lírico» (Anna Soncini, «Itinerario de la palabra en el silencio», Cuadernos Hispanoamericanos, sup. Los complementarios, n.º 5, mayo de 1990, pp. 7-8).

Claro que, en casi todos los temas que tratamos de ordenar vuelve a infiltrarse la muerte, cuyos códigos descifra en el periodo durante el cual publica Árbol de Diana (1962) y Los trabajos y las noches (1965). «Leí mi libro —escribe el 26 de agosto de 1965—. La muerte es allí demasiado real, si así puedo decir; no el problema de la muerte sino la muerte como presencia. Cada poema ha sido escrito desde una total abolición (o mejor: desaparición) del mundo con sus ríos, con sus calles, con sus gentes. Esto no significa que los poemas sean buenos» («Diarios 1960-1968», op. cit., p. 273). Pese a figurar como detalle anecdótico, sorprende que, aun definiéndose en esa totalidad de la muerte, Pizarnik cultivara a ratos y con buen estilo el donaire social. Una vez más, el lenguaje era su instrumento privilegiado. Por ello censura Ivonne Bordelois que los autores de semblanzas no hablen nunca de «la extraordinaria voz de Alejandra y de su aún más extraordinaria dicción. Alejandra hablaba literariamente desde el otro lado del lenguaje, y en cada lenguaje, incluyendo el español y sobre todo en español, se la escuchaba en una suerte de esquizofrenia alucinante» (Correspondencia Pizarnik, Buenos Aires, Seix Barral, Editorial Planeta Argentina, 1998, p. 15).

Cuando el 30 de abril de 1966 retoma las páginas de su diario, se observa recién llegada a los treinta años, sin saber aún nada de la existencia. «Lo infantil —escribe— tiende a morir ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva. El miedo es demasiado fuerte sin duda. Renunciar a encontrar una madre. La idea ya no me parece tan imposible. Tampoco renunciar a ser un ser excepcional (aspiración que me hastía). Pero aceptar ser una mujer de 30 años… Me miro en el espejo y parezco una adolescente. Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad» («Diarios 1960-1968», op. cit., p. 277). Al cabo, la substancia nativa de la poesía y de la biografía se confunden, y aunque ello pueda ser discutido por numerosos analistas, lo cierto es que los motivos recurrentes de una no se explican fácilmente sin el auxilio de los que atañen a la otra: «la seducción y la nostalgia imposibles, la tentación del silencio, la escritura concebida como espacio ceremonial donde se exaltan la vida, la libertad y la muerte, la infancia y sus espejismos, los espejos y el doble amenazador» (Ana Nuño, en Alejandra Pizarnik, Prosa completa, edición a cargo de Ana Becciú, Barcelona, Editorial Lumen, 2001, p. 8).

Mediante el simbolismo desmesurado de Extracción de la piedra de locura (1968), la sola cita del dolor y la impotencia configura el tablero poético, pero no ya por medios convencionales, sino a través de una constatación —rica en consecuencias— de la falta de fe en su propia imaginación creadora. «Si no fuera así —escribe el 24 de mayo de 1966— no leería para aprender sino para gozar. ¿Aprender qué? Formas. No, no es el deseo de frecuentar modos de expresión. Mis contenidos imaginarios son tan fragmentarios, tan divorciados de lo real, que temo, en suma, dar a luz nada más que monstruos. (…) Creo que se trata de un problema de distribución de energías. Pero lo esencial es la falta de confianza en mis medios innatos, en mis recursos internos o espirituales o imaginarios» («Diarios 1960-1968», op. cit., pp. 279-280).

Desde luego, sólo en este clima de bloqueo y melancolía es posible estudiar de forma pormenorizada títulos como Nombres y figuras (1969), La condesa sangrienta (1971) y El infierno musical (1971). En cierto modo, podemos insinuar un propósito testamentario, aunque ese fin también es propio de creadores que no conciben el suicidio entre sus planes. El caso es que, si bien permite que la imprenta reitere sus palabras, Alejandra no quiere perpetuarse y por eso elige morir en la madrugada del 25 de septiembre de 1972. Cincuenta pastillas de Seconal sódico le interesan como un símbolo de su decisión, y es que la muerte «es la mayor disonancia o, quizá, la armonía radical del silencio» (Blas Matamoro, Puesto fronterizo, Madrid, Síntesis, 2003, p. 174). En todo caso, según detalla Ana Nuño, la mitificación de su propio fallecimiento «ha acabado produciendo una especie de relato de la pasión que la recubre con el velo de un Cristo femenino». Abundan los retratos del poeta suicida y Alejandra ingresa en esa galería de espectros añadiendo una etiqueta más a su obra. ¿Alguien discute, a estas alturas, que el malditismo sea un rótulo atractivo?

Como es obvio para Nuño, resultan graves las consecuencias de esa patología consistente en vincular vida y obra. La lectura de todo ello nos conduce a la cuestión del género: «La melancolía, la soledad y el aislamiento, cuando se ponen de manifiesto en la vida de una mujer, son rasgos que admiten ser interpretados como la prueba de un desequilibrio psíquico de tal naturaleza, que puede conducir a su autora al suicidio o la locura. Si es varón el escritor, en cambio, y su obra o vida o ambas manifiestan parecida contextura —la lista es larga, de Hölderlin y Rimbaud a Kafka y Beckett—, ésta suele recibirse como una confirmación del talante visionario del hacedor» (Ana Nuño, op. cit., p. 7). A vueltas con esa conexión entre la obra literaria y la realidad de su autora, Frank Graziano cree que «la obra suicida de Pizarnik sólo puede nombrar una muerte literaria y nunca una real». Es más, el debate sobre si la escritora cometió un suicidio o simplemente erró la dosis, resulta académico en lo concerniente a su creación literaria, pues dicha obra «sólo nombra la muerte que sufrió Pizarnik como autora, como personaje de su propia ficción, cualesquiera que fuesen las intenciones específicas de Pizarnik como persona» («Una muerte en que vivir», Alejandra Pizarnik. Semblanza, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1992, pp. 12-13).

Pese a algún exceso romántico y a más de un fraude piadoso, las biografías que han ido reconstruyendo el pasado de Alejandra Pizarnik reúnen hechos ciertos, aunque guiados por una relación mudable, de sabor barroco. En rigor, no son juegos imaginativos sino manifestaciones vibrantes, cuya materia prima es de las que fecundan una generación. Al fin y al cabo, reconstruir una vida de esta naturaleza conlleva un acto de soberbia en el que los biógrafos se creen capaces de expresar sentimientos y formas delirantes, pero también es un acto de humildad, también es un deseo de perfeccionar literariamente lo que en el pasado se ve como imperfecto y quebradizo.

(Extraído de Centro Virtual Cervantes)]

Alejandra Pizanik bajo las negras alas del cóndor


A Martha Isabel Moia

en esta noche en este mundo
las palabras del sueño de la infancia de la muerte
nunca es eso lo que uno quiere decir
la lengua nata castra
la lengua es un órgano de conocimiento
del fracaso de todo poema
castrado por su propia lengua
que es el órgano de la re-creación
del re-conocimiento
pero no el de la resurrección
de algo a modo de negación
de mi horizonte de maldoror con su perro
y nada es promesa
entre lo decible
que equivale a mentir
(todo lo que se puede decir es mentira)
el resto es silencio
sólo que el silencio no existe

no 
palabras
no hacen el amor

hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?

en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisbilidades?
ninguna palabra es visible

sombras
recintos viscosos donde se oculta
la piedra de la locura
corredores negros
los he corrido todos
¡oh quédate un poco más entre nosotros!

mi persona está herida
mi primera persona del singular

escribo como quien con un cuchillo alzado en la oscuridad
escribo como estoy diciendo
la sinceridad absoluta continuaría siendo
lo imposible
¡oh quédate un poco más entre nosotros!

los deterioros de las palabras
deshabitando el palacio del lenguaje
el conocimiento entre las piernas
¿qué hiciste del don del sexo?
oh mis muertos
me los comí me atraganté
no puedo más de no poder

palabras embozadas
todo se desliza
hacia la negra licuefacción

y el perro del maldoror
en esta noche en este mundo
donde todo es posible
salvo
el poema

hablo
sabiendo que no se trata de eso
siempre no se trata de eso
oh ayúdame a escribir el poema más prescindible
el que no sirva ni para
ser inservible
ayúdame a escribir palabras
en esta noche en este mundo

Dibujo de Alejandra Pizanik

viernes, 7 de marzo de 2014

EL CANTO DEL LLANERO SOLITARIO por Leopoldo María Panero

[Leopoldo María Panero, maldito sea

El País, 07/11/2014

“No tenía a nadie”. Así resumía hace unas horas el editor Antonio Huerga la soledad en la que ha muerto Leopoldo María Panero a los 65 años. Lo decía para explicar la incertidumbre sobre los restos del poeta: “¿Incinerarlo? ¿Enterrarlo? ¿Quién decide? No tenía a nadie”. Tras la desaparición de su hermano Juan Luis en septiembre pasado, la muerte de Leopoldo es el último capítulo de una convulsa historia familiar llevada al cine por Jaime Chávarri y Ricardo Franco. Él decía que prefería la película del segundo “por los colores”. Lo decía como lo decía todo, con una salvaje ingenuidad llena de citas de poemas ajenos y propios, teorías conspirativas, críticas a España, a la OTAN, a sus editores o a sus compañeros en el psiquiátrico de Las Palmas, donde se había recluido voluntariamente hace más de una década. Los elogios quedaban reservados para sus colegas de generación: Gimferrer, Colinas o Ana María Moix, fallecida la semana pasada.

“Vivo dentro de la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no quiero salir de ella sino que pretendo que los demás entren en ella. Todas mis palabras son la misma que se inclina hacia muchos lados, la palabra FIN, la palabra que es el silencio, dicha de muchos modos”. Así abría Panero su poética para Nueve novísimos, la antología de Josep Maria Castellet que le señaló en 1970 como una de las grandes promesas de la literatura por venir. Era el más joven de la selección y dos años antes se había estrenado con Por el camino de Swan, publicado en Málaga en 1968.

Repasar su vida durante ese año inaugural permitiría hacerse una idea de quién era Leopoldo María Panero, un poeta crucificado entre su propia desmesura y los tópicos de loco oficial de la poesía española. 1968 fue el año de su primer libro, de su primer intento de suicidio, de su ingreso en el Instituto Frenopático de Barcelona y de su paso por la cárcel de Carabanchel después de que lo detuvieran en Madrid junto a Eduardo Haro Ibars por consumo de marihuana y le aplicaran la Ley de Vagos y Maleantes. También fue el año en que escribió Así se fundó Carnaby Street. Publicado en 1970, ese libro contiene ya hecha (y deshecha) la voz de un autor que escribía todo lo que se le ocurría y publicaba todo lo que escribía. Cuando en 2001 Visor reunió su poesía completa hasta ese momento -588 páginas, una veintena de títulos- Panero tenía ya tres libros más en marcha en tres editoriales distintas. Uno de ellos Prueba de vida, una “autobiografía de la muerte” cuyo maltrecho mecanoscrito original paseaba por Las Palmas dentro de una bolsa de tela entre cintas de Los Chichos y antologías de Emily Dickinson.

A su muerte, Leopoldo María Panero ha dejado, al menos, un poemario inédito titulado Rosa enferma. Huerga y Fierro, su editorial de los últimos años, lo publicará el próximo otoño. Entre tanto, el sello madrileño ha emprendido la publicación de su obra título a título. De esa serie forman parte poemarios como Teoría, Narciso en el acorde último de las flautas, Last River Together, El último hombre, Poemas del manicomio de Mondragón, Contra España y otros poemas no de amor o Locos. Irracionalismo, expresionismo, culturalismo y hermetismo atraviesan una obra irreductible a una fórmula salida del cerebro de un hombre irreductible, más fácil de tratar para los rockeros que para los catedráticos.

El desencanto, sus intervenciones en público y sus apariciones en la radio (La ventana) o la televisión (Crónicas marcianas) quedarán para la leyenda del penúltimo poeta oficialmente maldito. En la memoria de sus lectores -y son muchos- quedarán los versos de “Deseo de ser piel roja”, “El loco mirando desde la puerta del jardín” o “Ma mère”, dedicado “A mi desoladora madre, con esa extraña mezcla de compasión y náusea que puede solo experimentar quien conoce la causa, banal y sórdida, quizá, de tanto, tanto desastre”. Era en 1979. Ocho años más tarde subtituló como “reivindicación de una hermosura” otro poema, “A mi madre”, que termina: “y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra / y ahora que el poema expira / te digo como un niño, ven / he construido una diadema / (sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)”.]

Leopoldo María Panero, galeote de la sensibilidad.



I
Verf barrabum qué espuma
Los bosques acaso no están muertos?
El libro de oro la celeste espuma los barrancos
en qué vuela una paloma

en el árbol ahorcado está un espejo
palacio de la noche, fulgor sordo
a las ondulaciones peligrosas
voracidad se interrumpe y el silencio nace
vaso de whisky o perlas
(y en el resplandor penumbra envuelta)

las hadas
dulces y muertas sus vestidos sin agua
M preguntó a X
X no le respondió

la masa de un toro queda anulada
por la simple visión de sus cuernos
cubiertos de nieve: montañas
a las que el ciervo va a morir
cargado de tota su blanquez

los fantasmas no aúllan
--Y
:
peces color de cero absoluto
O bleu
en un lugar vacío me introduje
estaba oscuro hasta que ya no hubo luz
soledad del anciano, tacere é bello

Verf barrabum qué espuma
reencarnación
en lo dorado de mi pensamiento
Alicia
Verf barrabum
qué hago
ves la espuma inmóvil en mi boca?
aquí solo a caballo Verf barrabum qué
hagoaliciaenelespejojoven
aquí a mi palacio de cristal: hay ciervos
cuidadosamente sentados sobre alfileres
y es el aire un verdugo
impasible. (Tacere és bello Silentium

Verf
qué hago muerto a caballo
Verf
alto ahí ese jinete que silencioso vuela
contrahecho como un ángel:
caen del caballo todos los jinetes

y la cigarra ἀπαθής
en el verde que tiembla
luz que de la inmovilidad emana
luz que nada posee
y el enmascarado usó bala de plata
punteó la tiniebla con disparos

y dijo:
a) fantásticos:desiertos los que mis ojos ven
b) barrabum:bujum
c) la llanura muy larga que atravieso
con la sola defensa de mi espalda
d) mi mano no es humana


II

esplendor de cristal en la llama de una vela
Osiris muerto en sólo tres al cubo
yaciendo en la oscuridad (oscuridad de piedra)
Snark
destruye a Bujum
(con su plumaje afilado a la manera
de un cuchillo, con sus uñas separadas del cuerpo,

con
sus dientes sagaces que ya no mastican carne humana)
Snark = Verf (y ya no barrubum)
la sangre de Carlitos
está en la pared secándose
(tiene un perro muy fiel de granito)
la sangre de Carlitos

Verf
pero en especial su aliento amarillo
la enfermedad es aún movimiento, pero la mía
está inmóvil
indecisión y la mía es firmeza
arde en la noche un rancho
en la soledad invernal las
cabalgatas en el desierto
llueve en el invierno, la oscuridad es un círculo
por el laberinto de la máxima destrucción
sortijas de oro en el crepúsculo
dice el pájaro:sígueme
ese bosque no acaba ni empieza
en donde estoy perdido
extraviado de una claridad
esa montaña de la que no hay retorno
tiranía de la nada

"No hay acontecimientos personales", decía E.H.
mientras los hongos crecían a sus pies
laberintos de nieve realidades sin peso
castillo

Verf
y no Bujum.
Pompas de jabón en tabletas
Verf
animales de contornos mágicos
vide Carroll
(el huevo con rostro humano) the rain
in the plain
 bajo el sol las cadenas
el sepulcro de Sitting Bull
los pájaros
que no existen
el manicomio lleno de muertos vivos
el manicomio lleno de muertos vivos
el manicomio lleno de muertos vivos

Estas flores son cadenas
y yo habito en las cadenas
y las cadenas son la nada
y la nada es la roca
de la que no hay retorno
(mas si no se ha vuelto es porque tampoco
nunca se ha ido) y la nada es la roca
la nada es la música
de la que no se vuelve
una pastilla de jabón venenosos arcángeles
y Fedor Tjutvec sonreía
en una niebla incierta, también llamada Verf
barrabum qué espuma
golpeará después los huesos de mi boca.



"Calipso Peach" de Jorge Galindo

miércoles, 26 de febrero de 2014

La EDAD DE LOS MISILES (fragmento) por Félix Grande

[Artículo sobre la trayectoria de Félix Grande aquí]

1
Baja desde el futuro un tufo a crimen ecuménico
el mono horrible de la muerte espesa
remontando la selva calcinada que muestra el vaticinio
amanece jugando sobre los hombros del presente infectado
el mono horrible con su mueca colorada epiléptica
tira de las orejas a américa a asia a europa
retuerce la nariz al rostro occidental
mete los dedos en los ojos de oriente
y atormenta a la hoja del calendario que esta noche
con la unción del terror arrancamos entre silencio
desciende avanza esa bufatarada de infortunio
es como un tren de pudre que recula hacia ahora
con el furgón de cola cubierto de gusanos
y la locomotora vociferando ardiendo
diluvia una nación de llamaradas gigantescas
sofoca el hondo amago de los hongos horrendos
nos refuta la visión entrevista de un dolor general desde donde
como avispas locas emanarán las quejas metálicas
imágenes de pueblos derritiéndose como azúcar morena
un fragor de infinito final de lumbre extraordinaria
un resuello vastísimo como un átono coro
que interpretara augusto a las incalculables agonías

entre la urdimbre de lianas de los congresos de la paz
entre la fronda pantanosa de la bolsa del armamento
ágil y alucinante peludo apocalíptico baja desde el futuro
avanza el mono horrible de la muerte avanza oliendo
a multitudes agrietadas a naciones recubiertas de astillas
el mono llega haciendo cabriolas se detiene y restriega
en la epidermis del presente su bárbara pelambre
y se masturba cínico colgado del horror que anticipa
péndulo sonriente y espantoso miradlo

el tiempo se ha caído en un embudo loco
y gira y se revuelve y se transforma en una gelatina
que hiede al tenso crimen que estalla en el futuro
el tiempo desconchado desordenado avanza y retrocede
se contrae y se expande perdidas sus bisagras
como un motín de puertas al abordaje del vacío
el tiempo retorcido sin brújulas ni mandos
clama eructa enloquece y a los pies del presente
descompuesto vomita sus venideras hecatombes.

2
(Tenemos miedo. Tenéis miedo.
Nosotros, para quienes ni existe
la calderilla del poder, subimos
por la espina dorsal del miedo.
Vosotros, a quienes el poder os ha servido
matinalmente junto al desayuno,
descendéis por la espina dorsal del miedo.
Tenemos miedo. Tenéis miedo.
Pero mientras que nuestro espanto
segrega miradas circulares, busca
grietas de humanidad a lo largo de la amenaza,
vuestro pánico graso solamente rezuma
venalidad y odio. Nuestro miedo
es igual que un antílope en el bosque incendiado;
el vuestro, un gato oscuro, arrebujado de arañazos.
Nuestras manos hinchadas de terror
buscan únicamente manos;
las vuestras buscan mapas,
y tórridos decretos y fusiles.

Tenemos miedo. Tenéis miedo. El nuestro
es apesadumbrado y deambulante;
el vuestro, acorazado y tumefacto. Todavía,
pulpos de hipocresía, salamandras bursátiles,
todavía hay clases entre los espantados. Todavía
hay diferencias de matiz que advierten
la víctima en un miedo y en el otro la hiena.)


Mural de Banksy


3
se acabará oír mirar nacer
el venero del mundo se quedará obstruido
el manantial que baja entre las grietas de las peñas
luego sin ojos sin oídos sin labios ni hocicos que los usen
viudo y errante sonará por las faldas de la montaña
como un balido dilatado y solo
-nunca la soledad habrá tenido tantísimas campanas-
torcidos vegetales con la fibra reseca cerrarán sus testuces en la tarde vacía
y el cogollo de polvo de los caminos miserables
irá borrando lentamente las antiguas pisadas:
hablo de la desolación

el mar los cinco océanos lamiendo
con su lengua bovina los arrecifes calcinados
y en los puertos pesqueros las barcas con su nombre de hembra
amable y torpemente escrito debajo de las quilla
una vez podrida la maroma otearán por la costa
bamboleándose humildes en el ir y venir de las mareas
algún velero inerme errará como un cáncer
sobre la superficie del agua solitaria:
hablo de la desolación

donde una raza hubiera sobrevendrá una estepa
interceptada vagamente por montones irregulares
de materias innominadas y de escombros enfermos
en los campos concisos y como rastro de la locura
brillarán entre el abandono las camisas de las serpientes
cadáveres de cuerpos y de grajos pernoctarán de día y de noche
junto a cadáveres de reses en atroz camaradería:
hablo de desolación

4
miradlo ahí está todo mirad bien el diario
que alguno de vosotros depositó en la mesa
con la unción del terror

mirad el gorgoteo de todos esos titulares
que algún linotipista compuso lentamente
con la unción del terror

recorred esas crónicas meticulosas que alguien
mirando por encima del hombro tecleó sobre la máquina despacio
con la unción del terror

sumad todo el silencio del periodista en sus informes
sumad la lentitud del cajista en su sótano
sumadle al viejo vendedor del kiosco su temblor boreal
sumad la expectativa inerme del amigo que puso
ese periódico en la mesa ¡y abocicaos en ese impreso
como vacas sedientas y saciaos! y miraos después
los unos a los otros chorreando babillas de terror
desde las comisuras que han bebido y leído
y rumiad luego extenuados
en esta habitación donde el diario preside
¡y vociferad de una vez con las mandíbulas de bronce
ante esas grietas que se abren como unas fauces de prehistoria!

5
como un ecuador criminal cuelga el filo de un hacha
que de un cercén promete liquidar a la historia
la historia lo que ha sido algo más que un macizo concepto
la historia lo que ha sido la urdimbre emocionante
de una conducta universal y un fragor de futuro
arrebatado adobe a adobe y sílaba tras sílaba

humanismo coraje la emoción misteriosa de la vida
todo el largo cordón umbilical mediante el cual los siglos
se insuflaban el uno al otro alimento para nacer
la permanencia modificada que venía desde épocas remotas
las vaginas abriéndose como sangrientos túneles
al paso de las asunciones toda esa celular aritmética
toda esa turba de pasión y de esfuerzo fue la historia

todo el bárbaro ceño del amor
la multitudinaria voluntad de camaradería
los musculosos sueños de aquellos que empleaban su existencia
en combatir las causas del miedo y del desastre
aquellos luminosos desprendidos segregando futuro
aquella obcecación purísima que era un imán aquello
aquello fue también la historia
la historia era también la nervatura de las esperanzas
ese relevo inmemorial de los hombres de ciencia
combatiendo obstinados a los males mortíferos
a la busca de un cósmico resuello de alivio y de fortuna
sí mientras giraban los planetas majestuosos
y crecían las galaxias y se dilataba la mañana del mundo
ellos con batas blancas manos limpias y pequeñas necesidades
miraban a los cancerosos retorcerse en sus vidas únicas
y corrían hacia sus rincones sus materias sus cálculos
con la idea del servicio humano como un clavo en su corazón
la suma de esos grandes calenturientos era también la historia

la historia fue esa marcha ese avance de fiebre
ese alpinismo llameante por la mañana de las edades
ese proyecto general de pasos ese búcaro gigantesco
donde el agua del tiempo alimentaba las flores de los actos
esa mirada taladrante a la persecución del porvenir

¿el porvenir? hoy cuelga un hacha incomprensible
sobre la yugular de la historia el hacha chirriando pendulando
convierte al porvenir en un minuto en un segundo en nada
convierte a la conciencia en una llama en un harapo en un escalofrío
¿el porvenir? ¿la historia? ¿la grandeza? ¿la multitud? ¿el hacha?
¡fuimos muchos amamos creímos quisimos lo mejor para todos!

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(dan ganas de matarse y de llorar al otro borde del suicidio
ganas de ser un muerto que llora todavía
ganas de estar en una caja rodeado de aquellos que te aman
y continuar llorando amarillo hediondo
llorando por las quietas mejillas apagadas
dan ganas de llorar desde el subsuelo de la muerte
y contagiar de lágrimas y muerte a quienes contemplan tu cadáver
hasta que todos muertos en la alcoba callada
no haya más que un llorar de muertos congregados
un fluir de muchas lágrimas desde pestañas frías un fluir en el silencio y en la quietud y en la sombra
un fluir que repitiera dulcemente: asesinos).

martes, 25 de febrero de 2014

IDEA FIJA por André Frédérique

[Biografía de André Frédérique aquí]

Soy capaz de matar a mi padre
si mi padre flotara
y yo necesitara una balsa
con la forma de mi padre
para flotar en las aguas

Soy capaz de matar a mi hermana
si necesitara sangre roja
para pintar su corazón

Soy capaz de matar a mis dos hijos
si hubiera que sustraerlos a la escuela
para que no supieran jamás
la regla de los participios

Soy capaz de matar a Dios
si tuviera que morir
a fin de que me perdone
y de que entienda que matar es tan sólo una costumbre



Óleo de Francis Bacon

jueves, 30 de enero de 2014

CANCIÓN DE LAS PANTERAS DEL DESEO por Félix Grande

[MUERE FÉLIX GRANDE, POETA PROTAGONISTA DEL ÚLTIMO MEDIO SIGLO

El Mundo, 30/01/2014

Félix Grande, poeta, discípulo, marido y padre de poetas, ha muerto en Madrid con 76 años, después de una temporada de enfermedad y silencio, justo cuando se cumplen 50 años de la publicación de su primer poemario, 'Las piedras', que ganó el premio Adonais en 1963 y llegó a las librerías en 1964.

Por entonces, Grande era una especie de hermano menor de los poetas de la generación del 50. Por edad, era demasiado joven para entrar en su grupo, pero también era demasiado mayor y estaba separado por temática y actitud para alistarse entre los novísimos (Antonio Martínez Sarrión, el mayor de los nueve, es dos años más joven). Había crecido en provincias, en Tomelloso, hijo de dos republicanos y nieto de un guitarrista flamenco que lo marcaría. Con 20 años se trasladó a Madrid y, en 1961, empezó a trabajar con Luis Rosales en la redacción de 'Cuadernos Hispanoamericanos', la revista de cultura más importante de su tiempo. Rosales se convertiría en su guía.

La pareja era extraña. Grande era el chico republicano que hacía poemas de la experiencia más o menos políticos. Rosales, en cambio, era el escritor oficial del régimen, el señorito que detentaba el 'poder' en la literatura nacional y, al mismo tiempo, el intocable al que se le reprochaba, probablemente sin justicia, el fusilamiento de Federico García Lorca. Cuando todos evitaban a Rosales, Grande lo defendía. Lo hizo incluso en un ensayo llamado 'Contra la calumnia'. Cuentan que Rosales no se sintió del todo cómodo con aquel desagravio.

Por el camino, hubo alguna novela, como la premiada 'Las calles', un puñado de ensayos (muchos de ellos sobre flamenco, como la monumental 'Memoria del flamenco', su gran objeto de estudio, lo que le valió el Premio Nacional de Flamenco) y, sobre todo, un par de libros de poesía muy destacados entre el resto: 'Blanco spirituals' (1967) y 'Las rubáiyatas de Horacio Martín' (1978). Por el camino, el gran tema de su obra pasó de ser lo social y se dirigió hacia la sensualidad.

Poco después de esa década de inspiración, Grande tomó la dirección de 'Cuadernos hispanoamericanos', que ocupó hasta bien entrados los años 90. Aunque la vieja revista de Rosales fue perdiendo importancia poco a poco, Grande disfrutó de un lugar central en su mundo: era encantador y apuesto, portaba con historias insólitas sobre poetas a los que la Guerra Civil había borrado del mapa, por su casa pasaban los escritores más admirados en los que se pudiera pensar...

"Todo mi oficio se reduce a buscar sin piedad ni descanso la fórmula con que poder vociferar socorro y que parezca que es el siglo quien está aullando esta maravillosa palabra. Que adviertan que me puse entre los torcidos del mundo para ayudarles a zurcir y defendí a la vida con todo mi terror. Clamar socorro como el nombre de un dios", escribió una vez Grande. Será recordado como una persona amable y un poeta fácil de querer.]

Félix Grande, poeta con duende.
Que la tierra te sea leve.

Despavorido por el olor a olvido
que se desprende de mis antepasados
y absorto ante la inteligencia
con que los de mi raza se exterminan

Teniendo que llamar semejantes
a mamíferos peores que bestias
y teniendo que llamar existencia
a un huracán de enigma y de óxido

Provisional, infamado y maldito
aparto tus vestidos y toco tu hermosura
con las manos cuarteadas de venganza

Y tú, tempestuosa que buscas el raigón del placer
con un jadeo que sube de la caverna de la especie
a qué odio te refieres, de qué miseria eres el parto
qué rabia aportas a esta alcoba salvaje?

Así te necesito, víbora

De Las Rubáiyátas de Horacio Martín

"Akt 2, seria Freski" de Jarosław Kukowski

miércoles, 22 de enero de 2014

CUCHILLO A LA SORDINA por Pedro Rius

[Nació en la Cataluña francesa hacia 1910. Muurió en el bosque de Fontainebleau, asesinado por las tropas de asalto nazis en 1944. Participó en las actividades del movimiento surrealista de 1938 a 1940, y, durante la resistencia, en el grupo de "La main à plume", de 1941 a 1944.

(Extraído de La Antología de la Poesía Surrealista de Aldo Pellegrini.)]



El espacio de las bóvedas oxigenadas
se prolonga 
al despertar los objetos 
Esta empuñadura de ventana
es un arma colgada del techo 
del mismo modo que las aceras y las mayonesas 
son anónimas

Yo aspiro a las rutas del sueño 
con la flor y la vida total de un hombre 
Un dado rueda a la par 
de los pájaros de las calles 
hasta que el sol envejecido 
hace girar siete veces su lengua en la boca 
antes de hablar

La nube persigue siempre a mi deseo 
en el sentido de los huevos 
Anduve durante todo un sueño 
alrededor de los árboles derribados 
sus carnes dibujaron sus vidas
con tinta de luna

Mi párpado está cerrado 
para la cabellera de los molinos de viento.

De Frappe de l'écho

Lienzo de André Masson