domingo, 29 de julio de 2012

LIBERTAD ES UNA PALABRA VIETNAMITA


Texto publicado en Le Libertaire, nº 78, el 22 de mayo de 1947.


"Oil Soldier" de Nicolas Lampert

¿Hay una guerra en Indochina? Casi se dudaría; los diarios de la Francia «libre», sometidos más que nunca a la consigna, hacen silencio. Publican tímidamente los partes militares victoriosos, aunque confusos. Para reconfortar a los familiares, se asegura que los soldados son «economizados» (los banqueros se traicionan por el estilo de los comunicados). Ni una palabra sobre la feroz represión ejercida allá lejos en nombre de la Democracia. Se hace todo lo posible para ocultar a los franceses un escándalo que subleva al mundo entero.

Porque hay una guerra en Indochina, una guerra imperialista emprendida en nombre de un pueblo que, por su parte, acaba de ser liberado de cinco años de opresión, contra otro pueblo que unánimemente busca la libertad.

Esta agresión encierra un grave significado.

Por una parte, demuestra que nada ha cambiado: el capitalismo, al igual que en 1919, después de haber explotado tanto el patriotismo como las más nobles palabras, tales como la de la libertad, intenta asegurarse la suma del poder, reinstaurar su burguesía financiera, su ejército, su clero, persiste en aplicar su política imperialista tradicional.

Por otra parte, demuestra que los representantes de la clase obrera aceptan, con un desprecio hacia la tradición anticolonialista que fue uno de los pilares del movimiento obrero, en flagrante violación del derecho tantas veces proclamado de los pueblos a disponer de sí mismos, unos por corrupción y otros por ciega sumisión, una estrategia impuesta desde arriba, cuyas exigencias, desde ahora ilimitadas, tienden a eludir o invertir los verdaderos móviles de la lucha – ya sea que asuman la responsabilidad por la opresión o, a despecho de una cierta ambivalencia de comportamiento, decidan convertirse en sus cómplices.

A los hombres que conserven un resto de lucidez y sentido de honestidad, les decimos:

Es falso que aquí se pueda defender la libertad imponiendo la servidumbre en otros lugares. Es falso que, en nombre del pueblo francés, se pueda emprender un combate tan odioso sin que, por ello, inmediatamente se deriven dramáticas consecuencias.

La matanza hábilmente organizada por un monje almirante, no hace sino defender la opresión feroz de los capitalistas, burócratas   y sacerdotes. Y aquí, ¿no es verdad? basta de bromas: no se trata de impedir que Vietnam caiga en manos de un imperialismo en competencia, porque, ¿cuándo se ha visto que el imperialismo francés conservase alguna suerte de independencia, cuándo se ha visto, al cabo de un cuarto de siglo, que hiciese algo más que ceder y venderse? ¿Qué clase de protección puede jactarse de haberles asegurado a tales o cuales de sus esclavos?

Los surrealistas, cuya principal reivindicación ha sido y continúa siendo la liberación del hombre, no pueden callarse frente a un crimen tan estúpido como repugnante. El surrealismo carecería de sentido a menos que se opusiese a un régimen cuyos miembros, solidarios en su totalidad, no han sabido ofrecer como feliz acontecimiento otra prenda que esta ignominia sangrienta, régimen que, apenas nacido, se desploma en el barro de los compromisos, de las concusiones y que no representa sino un preludio calculado para el establecimiento de un próximo totalitarismo.

El surrealismo declara, en ocasión de esta nueva felonía, que no ha renunciado a reivindicación suya alguna, y menos aún a su voluntad de una transformación radical de la sociedad. Pero sabe cuán ilusorios son los reclamos a la conciencia, la inteligencia e inclusive a los intereses de los hombres, qué fáciles resultan en estos planos el engaño y el error e inevitables las divisiones: es por ello que el dominio que ha escogido como propio es más ancho y más profundo, a la medida de una verdadera fraternidad entre los hombres.

Por lo tanto ha escogido, para elevar su vehemente protesta contra la agresión imperialista y dirigir su saludo fraterno, a todos aquellos que encarnan, inclusive en este momento, el devenir de la libertad.

Adolphe Acker, Yves Bonnefoy, Joël Bousquet, Francis Bouvet, André Breton, Jacques Brunius, Jean Brun, Eliane Catoni, Jean Ferry, Guy Gillequin, Jacques Halperin, Arthur Harfaux, Maurice Henry, Marcel Jean, Pierre Mabille, Jehan Mayoux, Francis Meunier, Maurice Nadeau, Henri Parisot, Henri Pastoureau, Benjamin Péret, Henri Seigle, NoHenri Seigle, Iaroslav Serpan e Yves Tanguy.


(Traducción: Juan Carlos Otaño).